—Mi familia es originaria de este pueblo, de hecho yo mismo nací aquí, pero vivo en la ciudad. Mis padres están enterrados en este cementerio y todavía no había venido a visitarlos, he aprovechado —continuó Blasco— que tenía algo de trabajo por esta parte de Aragón para acercarme.
Los pequeños ojos del hombre brillaron y una sonrisa se dibujó en su cara. Una sonrisa franca, sincera, que traslucía alegría verdadera. Intentó limpiarse las manos restregándolas por su chaqueta y pantalón de pana, y se la tendió.
Se estrecharon las manos y el escritor tuvo la impresión que apretaba un trozo de madera, duro, áspero y vital como la leña de un árbol.
—¿Cómo se llama? ¿Quiénes eran sus padres? —inquirió el hombre.
—Yo me llamo César Blasco, y mis padres eran Antonio Blasco y Leonor García.
–Claro —exclamó el hombre—, los cabreros, tú eres cabrero.
Dios mío, cuantos años hacía que no oía esa palabra dirigida a él, efectivamente ese era el apodo por el que se conocía a su familia en el pueblo.
—Vuestra casa estaba en la calle del Progreso —prosiguió el enterrador.
—No me acuerdo del nombre de la calle.
—Yo conocí mucho a tus padres, yo los enterré, y también enterré a tus abuelos. A lo mejor alguna vez te hablaron de mí, me llamo Francisco Menéndez, para servirle, el enterrador del pueblo, mi padre ya lo era, y el padre de mi padre.
César no respondió. No recordaba que le hubieran hablado nunca de Francisco el enterrador, pero tampoco le extrañó, ya su padre fue siempre algo supersticioso y nunca hablaba de la muerte ni de nada que tuviera que ver con ella. En cuanto a su madre..., bueno, la verdad era que nunca había tenido demasiada comunicación con su madre.
—Venga, le enseñaré donde están.
Francisco acompañó al hombre unos metros a través de las tumbas.
—Todas tienen flores —dijo César con un cierto asombro.
—Las pongo yo —contestó Francisco—. Es mi única ocupación.
El hombre se paró frente a unas lápidas y las señaló con el dedo. Tenían escrito D.E.P. ANTONIO BLASCO GARCÍA y D.E.P. LEONOR GARCÍA MONTERO. Después, Francisco dio unos pasos y se situó detrás de César, que permaneció unos minutos en silencio. Por unos íntimos instantes su memoria le inundó de recuerdos, sintió un nudo en la garganta y de sus ojos salieron unas lágrimas.
Cuando se dio la vuelta descubrió a Francisco arreglando las flores de una tumba próxima.
Después, regresaron al pueblo por el camino empedrado hasta llegar a una casa en ruinas.
—Aquí nació usted —dijo Francisco.
César esta vez no sintió nada especial al encontrarse en lo que sin duda había sido una casa grande, con un hermoso corral y una cuadra.
Prosiguieron el paseo hasta la casa de Francisco. Este le invitó a entrar.
—¿Quiere quedarse a comer? —preguntó el enterrador—, podemos apañarnos.
César rehusó la invitación alegando que se le hacía tarde para regresar a la ciudad.
— ¿Volverá por aquí?
—No lo sé.
Francisco se le quedó mirando fijamente a los ojos, como si le dijera "Sí volverás, estoy seguro”.
César regresó a la ciudad y a sus libros, y a los pocos días ya casi había olvidado su visita a Casas de los Olmos, y a Francisco Menéndez, el enterrador.
Pasaron dos años y el libro de César Blasco sobre la guerra civil española, publicado un año antes, había tenido una acogida muy favorable y él estaba siendo muy solicitado para conferencias, coloquios y todo tipo de acontecimientos culturales relacionados con aquel episodio de la historia. Uno de tales acontecimientos lo llevó a la ciudad de Teruel, y mientras se allí se dirigía recordó su anterior visita a Casas de los Olmos, y a Francisco Menéndez, el enterrador. ¿Qué habría sido de él?
Blasco tenía tiempo de sobra, así que dirigió el coche a Casas de los Olmos.
Al llegar a la casa donde vivía Francisco, la encontró cerrada.
—Estará en el cementerio —pensó.
Pero al llegar al camposanto no vio a nadie, todo era silencio. Un silencio tan solo roto por las ráfagas de un viento que cortaba la cara de los hombres y agujereaba las piedras.
Un impulso lo llevó hasta la fosa que Francisco estaba cavando la vez anterior. Cuando llegó, observó que la tumba permanecía abierta pero no estaba vacía. En su interior yacía el cuerpo sin vida de Francisco.
A pesar de la lógica descomposición del cadáver. se apreciaba que Francisco, para afrontar aquel postrero viaje, se había puesto su único traje y calzado sus únicos zapatos. Entre las manos entrelazadas del difunto sobresalía un sobre que en un principio debió ser de color blanco, pero que el tiempo transcurrido y la climatología habían convertido en terroso.
César Blasco echó su cuerpo a tierra y se inclinó sobre la fosa alargando su brazo hasta casi caer junto al difunto Francisco.
Al llegar su mano al sobre no pudo cogerlo porque Francisco lo había atado a su muñeca con un cordel. No sin dificultades deshizo el nudo y atrapó el sobre. Contenía una carta con unas pocas líneas dirigidas a él: “Señor César: Cuando lea esta carta, si es que alguna vez llega a su poder, yo estaré muerto. Pero con el fin de que mi cuerpo quede a salvo de vientos, lluvias y calores le agradecería que echara sobre mí la tierra que rodea la fosa. Muchas gracias. Llegado a este punto, siendo como será que es usted el último de los nacidos en este pueblo que permanecerá vivo, y con ánimo de cumplir hasta el final mis obligaciones de enterrador, me he tomado la libertad de cavar una fosa para usted, por si el día de mañana la pudiera necesitar. Está junto a la de sus padres, ya que he pensado que usted preferiría estar lo más cerca posible de ellos. Quede usted con Dios.” Debajo aparecía la firma legible de “Francisco Menéndez”.
César cogió la pala que descansaba junto a su fosa y se dispuso a cumplir con la última voluntad de Francisco. No tardó demasiado en cubrir de tierra el cuerpo ya descompuesto, y con la ayuda de una piedra clavó la cruz de madera que el propio Francisco había confeccionado.
Después, César se dirigió a las tumbas de sus padres y junto a ellas, efectivamente, se encontraba una fosa de dos metros de largo por uno de ancho, y algo más de un metro de profundidad. El viejo Francisco había cumplido con su trabajo hasta más allá de su muerte.
Finalmente, César se marchó de aquel lugar pensando en sus padres, en Francisco Menéndez, y en la tumba que el diligente enterrador había cavado para él y que lo estaría esperando hasta el final de sus días. FIN