martes, 20 de marzo de 2012

El Padrino

El pasado 15 de marzo se cumplieron cuarenta años del estreno de la película El Padrino, adaptación de la novela del mismo nombre de Mario Puzo. Sin duda que no le tuvo que resultar nada fácil a su director, el joven (¡¡tenia 32 años cuando se estrenó la película!!) Francis Ford Coppola, imponerse en un rodaje en el que tuvo más problemas con los productores que con sus actores (un reparto plagado de estrellas de la talla de Marlon Brando, Al Pacino, James Caan, Robert Duvall, Diane Keaton, etc.). Sin embargo, y a pesar de las dificultades, el resultado fue una de las mejores películas de la historia del cine.
Recuerdo que me compré la novela después de ver la película y la devoré en pocos días. Todavía conservo el libro, editado por Grijalbo, 52ª edición, en la que aún figura, escrito a lápiz, el precio, 250 pesetas de las de 1972.
Todos tenemos nuestra secuencia favorita, la mía es la del bautizo del hijo (papel interpretado por un bebé de apenas unos meses de vida de nombre Sofía Coppola) de Connie Corleone y Carlo Rizzi. En un brillante montaje en paralelo, a las imágenes del bautizo, con el sacerdote recitando su letanía en latín mientras administra el sacramento del bautismo, siguen las de la ejecución de la venganza contra los que han atacado a la familia, de manera que, en los mismos instantes en los que Michael Corleone repudia en nombre de su ahijado Michael Francis Rizzi a Satanás, sus pistoleros van eliminando uno a uno a sus enemigos.
          No quiero dejar de señalar la cita de Balzac que Mario Puzo reproduce en la hoja de agradecimientos de la novela: Detrás de cada gran fortuna hay un crimen. No seré yo quien se atreva a corregir al gran escritor francés. FIN.

domingo, 18 de diciembre de 2011

El sorteo

         De pequeño, yo quería ser “niño de San Ildefonso”. En mis mejores sueños me imaginaba embutido en aquel traje de botones que a mí me parecían dorados, sosteniendo entre mis dedos el 19.134 y cantando el primer premio de la lotería de Navidad con voz clara y musical.
No vayan a creer que el 19.134 es un número cualquiera elegido al azar, no. Es el que compraba mi padre todos los años, y, como ustedes habrán supuesto acertadamente, nunca ha tocado. Al fallecer mi padre, durante los años que siguieron continué con la costumbre de comprar ese décimo para el sorteo de la lotería de navidad, pero como nunca salía al final decidí abandonar; decisión de la que espero no tener que arrepentirme, aunque tampoco sería la primera vez que me pasara.
Pues bien, como les decía, yo quería ser “niño de San Ildefonso”, pero ese deseo nunca se cumplió. Fue una de las primeras decepciones de mi vida, después vinieron muchas más. Y ese deseo nunca se cumplió principalmente por dos motivos, a saber: el primero, la voz, ya que no era, ni entonces ni ahora, clara y ni mucho menos musical; y en segundo lugar, y no por ello menos importante que el primero, porque estéticamente era imposible. Mi pelo tieso, rebelde y que me caía sobre la frente formando una perfecta visera, no era políticamente correcto para la época, mediados de los 60, en la que primaba el cabello lacio, ondulado, con raya perfectamente definida, y con algún flequillo como máxima concesión. En fin, que desde entonces asumí que lo mío era llevar la contraria y así sigo, incorregible.
También me hubiera gustado que me eligieran para la “Operación Plus Ultra”, invento de los tiempos de la dictadura que recompensaba a los niños que se habían distinguido por sus acciones a favor de propios y/o extraños. Te llevaban de viaje, lo cual tenía que ser mejor que acudir al Colegio Nacional, donde te arriesgabas a recibir algunas de las “hostias”, no precisamente consagradas, que solía repartir el maestro, y además salías en el NoDo; con lo que tu madre lloraba de alegría que era un primor y de paso presumía de hijo ante las vecinas. Pero aquello también era una aspiración igualmente imposible, ya que el abajo firmante de natural ha sido más pronto del género cobarde. Vamos, que heroicidades las justas.
Pero volvamos a la lotería, o mejor dicho, a la salud. Porque no hay cosa que me reviente más que la manida frasecita aplicada a todos a los que no nos toca ni la pedrea, “lo que importa es la salud”. Que no toquen las narices; que la salud es lo más importante ya lo sabemos todos, pero aquí de lo que se trata es que, además de disfrutar de buena salud, a uno le toque el gordo o al menos un buen pellizco. Vamos, que encima de que no te ha tocado ni un puñetero euro, y que te has gastado por anticipado la paga extraordinaria, ahora te vengan con lo de la salud…
Y por último una de esas dudas existenciales que nos asaltan de vez en cuando: ¿De verdad existe gente a la que le ha tocado el Gordo? ¿A cuántas conoce usted? Reconozco que muchas veces he llegado a pensar que no, que todo es mentira, que el número premiado no está en el bombo, y que todas esas personas que aparecen en el telediario dando saltos de alegría en realidad son actores que se ganan unos euros para estas fechas. En fin, como de ilusión también se vive, yo, por si acaso, terminó esta entrada y salgo rápido a comprar un décimo. Suerte. FIN

sábado, 17 de diciembre de 2011

El extraño caso de... ¿Carmelo Bermúdez?

Recuerdo perfectamente que eran las nueve de la noche porque, al tomar el primer trago, mis ojos se fijaron en un reloj, grande y redondo, de fondo blanco con la inscripción King’s Cross Station London en negro y números del mismo color, que había colgado en la barra del bar donde solía tomar la última copa antes de volver a casa, justo entre varias botellas de ginebra (británica, of course) y las correspondientes de vodka. Me dio un par de toques en la espalda, casi imperceptibles, como lo haría el que no quiere molestar pero no tiene más remedio que hacerlo. Cuando me giré me encontré con un hombre que tendría poco más o menos mi misma edad aunque más delgado, moreno, cejas pobladas, y nariz ancha con una verruga negra en la comisura de las fosas nasales; aunque, lo que más me llamó la atención fue que le faltaba un trozo de la oreja izquierda. Vestía ropa de marca y tenía unos modales excelentes.
         —Hola Luís ¿cuánto tiempo? —dijo con una amplia sonrisa.
         —Me perdonarás pero ahora mismo no caigo —dije.
—¿No me reconoces? Lo comprendo, hace tanto tiempo…; tú en cambio no has cambiado nada, estás igual que hace diecisiete años. Me llamo Carmelo Bermúdez Candela ¿No te suena mi nombre?
         —Continúo sin recordar, lo siento.
         —Quizá si te digo que hicimos juntos el servicio militar en la División Acorazada Brunete nº 1, en el cuartel de El Goloso, en el año mil novecientos noventa y cuatro, recuperes la memoria; y todavía más si te digo que tu nombre completo es Luís Miguel Casado Rebollo, aunque en la Compañía siempre había algún gracioso que al decir tu segundo apellido lo transformaba en “repollo”.
         Por mi parte no conseguía recordar aquella cara, pero aún así lo invité a una copa (pidió un bourbon, que apuró de un trago).
         —Tú estabas en la oficina del regimiento, y eras un especialista en escaquearte. Librabas todos los fines de semana mientras los demás nos quedábamos de guardia, te excluiste de los servicios de armas, y además gozabas de abundantes permisos porque llevabas la contabilidad de un pequeño negocio propiedad de la esposa del brigada Villanueva y este no te negaba nunca nada. No te culpo, pero la verdad es que hubo muchos compañeros que te cogieron manía por todo eso.
         Al escuchar todos esos detalles, empecé a convencerme de que era muy posible que ese hombre y yo hubiéramos coincidido en la Acorazada en el año mil novecientos noventa y cuatro, pero lo que me acabó de convencer definitivamente fue cuando me dijo algo que muy pocas personas supieron en aquel momento: que a los cuatro meses de servicio había dejado embarazada a mi novia, aunque a los dos meses abortó espontáneamente.
         Dicho esto y cuando ya íbamos por el tercer whisky, empezó a hablarme de él y la mala racha por la que estaba atravesando: se había quedado en el paro pero la prestación ya la había agotado, estaba divorciado con dos hijos adolescentes, y tenía que pagar la hipoteca de su casa además de la pensión alimenticia de sus hijos. No se como pasó, no lo puedo explicar, pero el caso es que al oír todas aquellas penurias eché mano a la cartera, saqué todo el dinero que guardaba en su interior, más de trescientos euros, y se los di.
         Dos semanas más tarde, me encontré por casualidad a mi amigo Ulises Primo Vélez y le conté lo que me había pasado. “Que casualidad —me dijo—, precisamente a mí me pasó algo parecido hace unos días”.
         —¿Recuerdas que el servicio militar lo pasé en Melilla, en un tabor de Regulares? —me dijo Ulises.
         —Sí —contesté—, mientras tú estabas en Melilla, yo estaba muriéndome de frío en Madrid.
         —Pues el otro día me encontré a una persona que me dijo que había coincidido conmigo en el mismo tabor. Al principio le dije que se había confundido porque yo a él no lo reconocía, pero me dio tal cantidad de detalles sobre mi vida en aquella época, que nadie que no hubiera estado allí conmigo sabría —dijo Ulises.
         —¿Por ejemplo?
         —Me dijo que trapicheaba con hachís.
         —¿Quién? ¿Tú? Imposible
         —Parece increíble ¿verdad? No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero es completamente cierto. Ulises Primo Vélez, Registrador de la Propiedad, fue durante su servicio militar un camello que vendía hierba a sus compañeros para poder sacarse unas cuantas pesetas.
         Hice un gesto de incredulidad, pero Ulises todavía no había terminado. “Pero hay otra cosa que tampoco te había dicho, ni a ti ni a nadie. En mi afán para volver a la península y acabar cuanto antes aquel suplicio que para mí significaba la mili, me rompí adrede un brazo; pero como los médicos militares sospecharon mis verdaderas intenciones, no me dieron ningún permiso, y no contentos con eso, ordenaron que no volviese a mi casa hasta que me licenciara.
         —¿Y como se llama ese compañero? —pregunté.
—Leopoldo Martínez López —dijo que se llamaba—, un tipo moreno, muy delgado.
—Precisamente el que dice que coincidió conmigo en Madrid, en la Acorazada Brunete, también era moreno y delgado, rasgos por otra parte bastante comunes, de todas maneras el mío lucía una verruga negra justo debajo de la nariz, en la comisura de las fosas nasales.
 Ulises me miró con expresión de extrañeza. —Menuda casualidad —dijo—, el que yo digo también tenía esa particularidad.
—Tú estuviste en Melilla todo el año mil novecientos noventa y cuatro ¿no es así? —pregunté
Ulises afirmó con la cabeza y dijo: —Y en cuanto a ti fue precisamente a lo largo de ese año cuanto estuviste en la Acorazada.
         —¿Recuerdas exactamente el día y hora en que viste a ese hombre? —pregunté.
         Después de unos segundos pensativo, Ulises dijo: —Fue exactamente hace catorce días, lo recuerdo porque fue el cumpleaños de mi hija, y eran las nueve de la noche porque en ese momento comenzaron las noticias en la televisión del restaurante donde esperábamos para cenar.
—Desde luego es imposible que se tratase de la misma persona —dije.
—Absolutamente imposible, porque nadie puede estar presente en dos lugares al mismo tiempo —contestó Ulises—, además, te voy a dar la prueba definitiva: al que decía llamarse Leopoldo Martínez le faltaba un trozo de la oreja izquierda, segada, según él, por el cuchillo de un legionario durante unas maniobras.
         Al oír esas palabras me quedé mudo e inmóvil. —¿Te pasa algo? —preguntó Ulises al ver la expresión de mi cara.
         —A la persona que dice llamarse Carmelo Bermúdez Candela también le falta un trozo de la oreja izquierda. A mí me contó que le pasó durante unas prácticas de tiro —dije.
         Al decir esas palabras ambos nos miramos, confusos con aquella extraña situación, hasta que, finalmente, dije: —A mí me sacó trescientos euros.
Ulises bajó la cabeza, miró al suelo y sin levantar la vista dijo: —Después de escuchar la historia de su desdichada existencia, yo le entregué todo el dinero que llevaba encima, más de mil euros, y si hubiera llevado más dinero también se lo hubiera entregado.
         —Seguro que todo esto tiene una explicación lógica —dije.
         Ulises no dijo nada, y continuó con la vista clavada en el suelo, mientras que una voz en su interior no cesaba de repetir: “más de mil euros”, “más de mil euros”. FIN

lunes, 12 de diciembre de 2011

Segunda novela. Punto final.

Desde el principio, este blog se ha caracterizado por su apuesta por la ficción. Pero hoy, a las 0:47 horas del doce de diciembre de dos mil once, me voy a permitir una excepción para decir que acabo de poner el punto final a mi segunda novela. Por delante queda la tarea de su publicación, pero esa será otra historia.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La ¿increíble? historia de Carlos Andrada (y II)

Los enfermos se durmieron al poco rato y Carlos Andrada tomó la decisión —de la cual le estaré eternamente agradecido— de abordarme sin rodeos. Cogió la silla, se sentó delante de mí y dijo: “¿Es cierto que es usted escritor?”
—Naturalmente —contesté algo molesto por la insistencia.
—Perdóneme pero es que nunca había visto a un escritor tan de cerca.
Lo miré mientras pensaba que ese chico se asombraría de la cantidad de escritores con los que se habría cruzado por la calle, o coincidido en el cine o en el supermercado, pero no dije nada.
—Me alegro de que sea escritor porque a usted sí le podré contar mi historia sin que me tome por loco —continuó.
No pude reprimir una sonrisa al oír aquello. Con un poco de suerte aquél muchacho me facilitaría algo de material que me sirviera para conservar mi empleo.
—Los escritores no nos creemos todo lo que nos cuentan, no te hagas ilusiones. Además, nosotros contamos mentiras frecuentemente, casi se podría decir que comemos caliente gracias a las mentiras —contesté con seguridad.
—Pues yo no miento —dijo un tanto ofendido—. Pero en fin, ya me doy cuenta de que a usted mi historia no le interesa en absoluto, no lo molestaré mas, perdone —dijo a la vez que intentaba levantarse de la silla.
No se lo permití. Mi instinto de supervivencia hizo que lo cogiera del brazo y casi lo obligara a sentarse de nuevo. Yo necesitaba una historia, la que fuese, y no la iba a dejar escapar.
—Te ruego que me cuentes tu historia, soy todo oídos —dije en un tono casi de súplica.
Carlos Andrada bebió un trago largo de agua mineral, respiró hondo, y empezó su perorata: “Sucedió hace dos veranos. Mis padres me regalaron aquello que más ilusión me hacía, un coche descapotable. El regalo era el premio por haber terminado la carrera de Ciencias Económicas sin suspender ninguna asignatura y con calificaciones notables. El automóvil era exactamente el que yo anhelaba sin éxito desde hacía tiempo, descapotable, biplaza y con una potencia de motor capaz de hacerlo casi volar. Hasta en el color acertaron. De todas maneras tampoco lo tuvieron tan difícil, porque yo me había encargado de expresarles mi deseo a la mínima ocasión. Nosotros vivimos en un chalet cerca del mar, y a muy poca distancia se encuentra una autopista, entonces ¿qué mejor lugar para probar un coche de esas características? Mi padre sostenía con orgullo entre sus manos las llaves del coche, me las lanzó y yo las cogí en el aire. Él y mi madre, sonrientes, me vieron partir. Desde que vi el coche aparcado a la puerta de la casa todos mis sentidos estuvieron ocupados por él; no tenía ojos para nada que no fuese el coche, no oía otro rumor que el de su motor; las yemas de mis dedos fueron insensibles a todo hasta que acariciaron la tapicería de cuero negro; el característico olor a coche nuevo me inundó nada mas abrí la portezuela; y en cuanto al sentido del gusto estoy seguro que me creerá si le digo que la combinación de las anteriores sensaciones la percibí también a través de mis papilas gustativas. Será por eso que no recuerdo las palabras de mis padres al marcharme, aunque me imagino que serían algo así como "felicidades hijo", "te queremos mucho", "te lo habías merecido", o frases de ese estilo. Tampoco recuerdo si me abrazaron y besaron, supongo que sí. Tan solo sé que aquel vehículo me atraía como un potente imán y yo no estaba dispuesto a resistirme. Al contrario. Lo puse en marcha. El motor sonaba como la más sublime sinfonía y durante el corto trayecto desde la casa al puesto de control de la autopista aproveché  para familiarizarme con el uso de los innumerables instrumentos que me ofrecía aquella belleza. En aquellas primeras horas de la tarde el sol me daba de frente y todavía conservaba gran parte de su intensidad, lo que contrarreste en parte bajando la visera del coche y utilizando gafas de sol. En pocos segundos alcancé los 100 kilómetros por hora, y en otros pocos mas el marcador de velocidad señalaba los 175 Km./hora, pero mi propósito era llegar a los 200 km/hora. Me situé en el carril situado mas a la izquierda y la velocidad empezaba a producir en mí un efecto extraordinariamente placentero. No obstante, cuando los 205 Km. /hora aparecieron en el marcador digital del salpicadero decidí levantar el pie del acelerador hasta estabilizar la velocidad en torno a los 175 Km. /hora. Desde que me había incorporado a la autopista ningún vehículo me adelantó. Y si alguno se atrevió a intentarlo se encontró con una contundente respuesta en forma de aceleración que le dejaba con un palmo de narices. No estaba dispuesto a consentir que ningún vehículo me adelantase aquella tarde. Ninguno. La tremenda satisfacción inicial dio paso a un estado de absoluta satisfacción. "El centro del universo". "El ombligo del mundo". Frases hechas que definirían mi estado en ese momento. Mi ego circulaba a casi doscientos kilómetros por hora y se encontraba en su punto culminante. En aquellos mismos instantes y en un punto kilométrico equidistante unos cinco kilómetros desde donde yo me encontraba pero en dirección contraria, un coche paró en el arcén. Se abrió una de las puertas traseras y de allí salió un perro. No era de raza, seguramente era el fruto de multitud de cruces, aunque a primera vista alguien no muy entendido hubiera afirmado que era un pastor alemán. Fuese la raza que fuese lo cierto es que su aspecto era de los que imponía respeto. Hasta ese día el animal había estado bien tratado y alimentado, pero aquel día, simplemente sobraba. El pequeño coche del que salió albergaba nada menos que a seis personas (padres, abuelos y dos hijos adolescentes), además de las maletas y demás enseres necesarios para el veraneo en la playa y cuya enumeración sería prolija y no aportaría nada a la historia, así que decidieron deshacerse del pobre animal por considerarlo mas prescindible que la sombrilla o la colchoneta. Al verse solo y desorientado en un paraje desconocido para él, el perro fue deambulando por el arcén hasta que cruzó la calzada en dirección a la mediana que separaba los dos sentidos de circulación de la autopista. El azar dispuso que no ocurriese ninguna desgracia en aquel momento, pero el animal dejó atrás la mediana e intentó cruzar hasta el arcén contrario. Al invadir el primero de los carriles se topó conmigo. El choque fue brutal. Como ya dije, yo circulaba casi a 200 km/hora y tan solo vi al perro cuando ya lo tuve encima. Apareció de repente de los arbustos de la mediana y no tuve ninguna posibilidad de esquivarlo y tampoco de frenar. Como consecuencia del choque el animal murió en el acto y yo perdí el control del automóvil. Mi coche dio varias vueltas de campana, arrasando la mediana y cruzando a la calzada en la que circulaban los vehículos en sentido contrario. Por fortuna no colisioné con ningún otro vehículo, pero yo sufrí graves heridas que me produjeron lo que ahora diré. De repente me convertí en un espectador de los hechos. Mi cuerpo yacía sobre el asfalto pero yo ya no estaba dentro de él. Me acerqué, lo toqué y lo abracé. ¿Qué me estaba sucediendo? Lo comprendí enseguida. Yo estaba muerto. Mi cuerpo se había convertido en un trozo de carne en medio de una carretera, pero mi ¿alma? o como quiera que se llame, continuaba viva, solo que en una ¿dimensión? distinta. Tras el accidente muchos coches se detuvieron y sus ocupantes se dirigieron rápidamente hacia donde yo me encontraba. Nadie me vio. No podían verme. Pero al cuerpo que me había envuelto hasta entonces sí lo vieron, y pronto llegó una ambulancia de la que bajaron dos sanitarios, un médico y una enfermera. Se me acercaron, me examinaron, y el médico se limitó a certificar mi muerte. A pesar de eso, la enfermera se agachó y pegó su oreja a mi pecho, en un intentó de oír los latidos de mi corazón,  a continuación me realizó un vigoroso masaje cardíaco, para finalmente insuflarme aire en los pulmones con la técnica del boca a boca. Yo la observaba y empecé a llorar. “Es inútil —le gritaba sollozando—, no lo intentes más, déjalo ya. ¿No te das cuenta que estoy muerto?”. Pero ella, ajena a mis lágrimas y a mis gritos, lo intentaba una y otra vez. Mi cuerpo recibió una descarga eléctrica que lo elevó medio metro. Nada. Pero aún así aquella joven mujer no desfalleció y continuó en su empeño de reanimarme, ignorando que yo estaba muerto y que no había reanimación posible. Empecé a fijarme en aquella ella. Tenía unas facciones muy agradables, incluso en una situación tan estresante, y estaba demostrando una determinación en salvarme la vida que decía mucho de su carácter. ¡Me estaba enamorando! Pero yo estaba muerto, y un muerto no se puede enamorar. Un muerto es un muerto y ya está, punto. Pero cuando todo parecía perdido mi cuerpo se movió ligeramente y abrí los ojos, encontrándome frente a frente con los de ella. Poco a poco algunas de mis funciones empezaron de nuevo a funcionar; había vuelto a lo que entendemos por vida. Lo siguientes tres meses de mi vida los pasé en el hospital recuperándome de las lesiones sufridas”.
Carlos Andrada hizo un silencio significativo del fin de la historia y esperaba algún comentario de mi parte. A decir verdad, todo aquello resultaba demasiado para un escéptico como yo.
—Increíble —acerté a decir.
—Increíble sí, pero todo es verdad —contestó.
—Cuéntame ¿Qué pasó con tu enfermera? ¿Sabes algo de ella?
—Ya lo creo, me casé con ella al año siguiente.
—¿Alguna vez le has contado tu experiencia?
—Sí pero no me ha creído ni una sola palabra, cuando se lo cuento me dice que le  estoy tomando el pelo.
—¿Y que te hace pensar que yo sí voy a creer su historia?
—Porque usted es escritor, me lo ha dicho antes.
—Así es, o por lo menos lo intento.
—Estoy seguro que su curiosidad puede más que su escepticismo.
—En eso tienes toda la razón.
—Además, a lo mejor algunos de sus lectores también me creen.
—Eso espero yo también.
La noche y el cansancio nos vencieron y pronto nos quedamos dormidos; mi hermana cumplió lo que me había prometido y a primera hora de la mañana llegó para relevarme. Me despedí del joven Carlos Andrada con un apretón de manos y me marché a inmediatamente a casa para redactar este relato.
Lo escribí de un tirón, intentando que la memoria y mis notas, tomadas sin apenas luz, no me traicionasen, y conseguí entregar a tiempo a mi editor la ¿increíble? historia de Carlos Andrada.FIN.

viernes, 11 de noviembre de 2011

La ¿increíble? historia de Carlos Andrada (I)

Cuando sonó el teléfono, yo me encontraba sentado en mi escritorio ante un folio que se obstinaba en no verse mancillado en su blanca pureza, pero además tenía un problema añadido. Ese problema añadido consistía en que tenía que entregar un relato a mi editor en un par de días, pero no se me ocurría absolutamente nada, ni bueno ni malo, para afrontar aquel compromiso, y mi estado estaba cercano a la desesperación. —Estoy harto de tus continuos retrasos, te quedan veinticuatro horas improrrogables, así que te aconsejó que te pongas a trabajar —me dijo el editor a modo de ultimátum—, y por favor, no te vuelvas a “inspirar” en Paul Auster.
Miré el número de teléfono de la llamada entrante: era mi hermana. Era para recordarme que a nuestro padre lo operaban de la vesícula biliar al día siguiente (tapé el auricular y lancé una maldición, me había olvidado por completo de la cirugía de mi padre), y precisamente ese mismo día ella tenía un ineludible compromiso de trabajo que la obligaría a permanecer fuera de la ciudad.
—Mañana temprano recoges a tu padre y lo llevas al hospital —dijo con ese tono imperativo propio de las mujeres de mi familia y que yo tanto odiaba—, te relevaré pasado mañana a primera hora. Y no te preocupes, que esa operación no es muy complicada y todo saldrá bien; además, él es mucho más valiente que tú. Adiós.
Al principio pensé “lo que me faltaba, ahora si que va a resultar imposible que pueda cumplir con el encargo, y además me ha pillado el recurso a Paul Auster”, pero después me dije que mi hermana con su llamada me había servido la excusa perfecta. De manera que no me lo pensé dos veces, llamé al teléfono móvil de mi editor y le dije la verdad, “mañana operan de la vesícula a mi padre y necesitaré un poco más de tiempo para entregarte el relato”.
Pero esta vez ni la verdad funcionó. El tipo me contestó que si en dos días no le entregaba algo medianamente decente ya me podía ir buscando otro empleo, y colgó el teléfono. Aquella noche emborroné decenas de hojas, que fueron una tras otra a la papelera, hasta que caí vencido por el sueño.
A la mañana siguiente, mi padre me esperaba sentado en una mecedora cuando me presenté en su casa a recogerlo para ir al hospital. A esa hora, temprana para mí pero no para él, mi padre ya se había lavado, desayunado y preparado sus enseres. Yo, en cambio, no había hecho nada de todo eso y, además, andaba preso de los nervios.
El primer reproche  no se hizo esperar: —Llegas tarde —dijo.
—No te preocupes, ya verás como tenemos tiempo de sobra —contesté sin mucha convicción.
Tal y como había predicho mi hermana, la operación transcurrió sin complicaciones, y una vez terminada nos llevaron a una habitación con dos camas, una de las cuales estaba ocupada por un enfermo al que habían operado justo antes que a mi padre y de la misma dolencia que él.
El hombre todavía estaba medio dormido por la anestesia y a su lado permanecía sentada una mujer de unos sesenta años, de piel muy blanca y ojos pequeños y brillantes, que presumí se trataría de su esposa, y que apenas despegó los labios durante las horas que permaneció en aquella habitación.
El resto del día iba transcurriendo entre el aburrimiento y la desesperanza. Por una parte mi padre resultó ser un enfermo ejemplar que no ocasionó ninguna molestia más que las estrictamente necesarias, pero a pesar de ello mi cerebro no era capaz de producir no ya una historia, ni tan siquiera una idea medianamente aprovechable. Así que, en el momento en que ya caída la tarde entró en la habitación un joven dispuesto a relevar a la mujer que cuidaba del enfermo de la cama contigua, yo ya tenía asumido que al día siguiente no cumpliría mi compromiso. Mi editor se quedaría sin su relato y yo, con toda seguridad, sin empleo.
El joven recién llegado resultó ser algo mas extrovertido que su madre y pronto se presentó.
—Me llamo Carlos Andrada, ¿y usted? —dijo, mientras me tendía la mano derecha.
Le contesté con corrección pero sin efusividad, a la vez que le estrechaba la mano.
Pasó un buen rato en el que apenas habló, pero después de la cena volvió a la carga.
—Soy economista, y usted ¿cual es su trabajo?
La pregunta era directa, sin posibilidad de escapatoria, y como yo no me encontraba con ánimos para jugar al gato y al ratón, decidí confesar.
—Escritor, al menos hasta mañana.
El joven me miró sin decir nada, pero yo tuve la impresión de que todavía no había acabado conmigo. (Continuará)

viernes, 4 de noviembre de 2011

Francisco Menéndez ( y III)

—Mi familia es originaria de este pueblo, de hecho yo mismo nací aquí, pero vivo en la ciudad. Mis padres están enterrados en este cementerio y todavía no había venido a visitarlos, he aprovechado —continuó Blasco— que tenía algo de trabajo por esta parte de Aragón para acercarme.
Los pequeños ojos del hombre brillaron y una sonrisa se dibujó en su cara. Una sonrisa franca, sincera, que traslucía alegría verdadera. Intentó limpiarse las manos restregándolas por su chaqueta y pantalón de pana, y se la tendió.
Se estrecharon las manos y el escritor tuvo la impresión que apretaba un trozo de madera, duro, áspero y vital como la leña de un árbol.
—¿Cómo se llama? ¿Quiénes eran sus padres? —inquirió el hombre.
—Yo me llamo César Blasco, y mis padres eran Antonio Blasco y Leonor García.
–Claro —exclamó el hombre—, los cabreros, tú eres cabrero.
Dios mío, cuantos años hacía que no oía esa palabra dirigida a él, efectivamente ese era el apodo por el que se conocía a su familia en el pueblo.
—Vuestra casa estaba en la calle del Progreso —prosiguió el enterrador.
—No me acuerdo del nombre de la calle.
—Yo conocí mucho a tus padres, yo los enterré, y también enterré a tus abuelos. A lo mejor alguna vez te hablaron de mí, me llamo Francisco Menéndez, para servirle, el enterrador del pueblo, mi padre ya lo era, y el padre de mi padre.
César no respondió. No recordaba que le hubieran hablado nunca de Francisco el enterrador, pero tampoco le extrañó, ya su padre fue siempre algo supersticioso y nunca hablaba de la muerte ni de nada que tuviera que ver con ella. En cuanto a su madre..., bueno, la verdad era que nunca había tenido demasiada comunicación con su madre.
—Venga, le enseñaré donde están. 
Francisco acompañó al hombre unos metros a través de las tumbas.
—Todas tienen flores —dijo César con un cierto asombro.
—Las pongo yo —contestó Francisco—. Es mi única ocupación.
El hombre se paró frente a unas lápidas y las señaló con el dedo. Tenían escrito D.E.P. ANTONIO BLASCO GARCÍA y D.E.P. LEONOR GARCÍA MONTERO. Después, Francisco dio unos pasos y se situó detrás de César, que permaneció unos minutos en silencio. Por unos íntimos instantes su memoria le inundó de recuerdos, sintió un nudo en la garganta y de sus ojos salieron unas lágrimas.
Cuando se dio la vuelta descubrió a Francisco arreglando las flores de una tumba próxima.
Después, regresaron al pueblo por el camino empedrado hasta llegar a una casa en ruinas.
—Aquí nació usted —dijo Francisco.
César esta vez no sintió nada especial al encontrarse en lo que sin duda había sido una casa grande, con un hermoso corral y una cuadra.
Prosiguieron el paseo hasta la casa de Francisco. Este le invitó a entrar.
—¿Quiere quedarse a comer? —preguntó el enterrador—, podemos apañarnos.
César rehusó la invitación alegando que se le hacía tarde para regresar a la ciudad.
— ¿Volverá por aquí?
—No lo sé.
Francisco se le quedó mirando fijamente a los ojos, como si le dijera "Sí volverás, estoy seguro”.
César regresó a la ciudad y a sus libros, y a los pocos días ya casi había olvidado su visita a Casas de los Olmos, y a Francisco Menéndez, el enterrador.
Pasaron dos años y el libro de César Blasco sobre la guerra civil española, publicado un año antes, había tenido una acogida muy favorable y él estaba siendo muy solicitado para conferencias, coloquios y todo tipo de acontecimientos culturales relacionados con aquel episodio de la historia. Uno de tales acontecimientos lo llevó a la ciudad de Teruel, y mientras se allí se dirigía recordó su anterior visita a Casas de los Olmos, y a Francisco Menéndez, el enterrador. ¿Qué habría sido de él?
Blasco tenía tiempo de sobra, así que dirigió el coche a Casas de los Olmos.
Al llegar a la casa donde vivía Francisco, la encontró  cerrada.
—Estará en el cementerio —pensó.
Pero al llegar al camposanto no vio a nadie, todo era silencio. Un silencio tan solo roto por las ráfagas de un viento que cortaba la cara de los hombres y agujereaba las piedras.
Un impulso lo llevó hasta la fosa que Francisco estaba cavando la vez anterior. Cuando llegó, observó que la tumba permanecía abierta pero no estaba vacía. En su interior yacía el cuerpo sin vida de Francisco.
A pesar de la lógica descomposición del cadáver. se apreciaba que Francisco, para afrontar aquel postrero viaje, se había puesto su único traje y calzado sus únicos zapatos. Entre las manos entrelazadas del difunto sobresalía un sobre que en un principio debió ser de color blanco, pero que el tiempo transcurrido y la climatología habían convertido en terroso.
César Blasco echó su cuerpo a tierra y se inclinó sobre la fosa alargando su brazo hasta casi caer junto al difunto Francisco.
Al llegar su mano al sobre no pudo cogerlo porque Francisco lo había atado a su muñeca con un cordel. No sin dificultades deshizo el nudo y atrapó el sobre. Contenía una carta con unas pocas líneas dirigidas a él: “Señor César: Cuando lea esta carta, si es que alguna vez llega a su poder, yo estaré muerto. Pero con el fin de que mi cuerpo quede a salvo de vientos, lluvias y calores le agradecería que echara sobre mí la tierra que rodea la fosa. Muchas gracias. Llegado a este punto, siendo como será que es usted el último de los nacidos en este pueblo que permanecerá vivo, y con ánimo de cumplir hasta el final mis obligaciones de enterrador, me he tomado la libertad de cavar una fosa para usted, por si el día de mañana la pudiera necesitar. Está junto a la de sus padres, ya que  he pensado que usted preferiría estar lo más cerca posible de ellos. Quede usted con Dios.” Debajo aparecía la firma legible de “Francisco Menéndez”.
César cogió la pala que descansaba junto a su fosa y se dispuso a cumplir con la última voluntad de Francisco. No tardó demasiado en cubrir de tierra el cuerpo ya descompuesto, y con la ayuda de una piedra clavó la cruz de madera que el propio Francisco había confeccionado.
Después, César se dirigió a las tumbas de sus padres y junto a ellas, efectivamente, se encontraba una fosa de dos metros de largo por uno de ancho, y algo más de un metro de profundidad. El viejo Francisco había cumplido con su trabajo hasta más allá de su muerte.
Finalmente, César se marchó de aquel lugar pensando en sus padres, en Francisco Menéndez, y en la tumba que el diligente enterrador había cavado para él y que lo estaría esperando hasta el final de sus días. FIN